Cada 8 de marzo nos preguntamos cuánto hemos avanzado. Las cifras parecen decir que sí: hoy hay más mujeres estudiando ciencia en Chile que hace dos o tres décadas, más proyectos que buscan visibilizar su trabajo, más conversación pública sobre brechas y discriminación. Sin embargo, cuando se mira con detención la trayectoria completa —desde la sala de clases hasta los espacios de poder— la promesa de igualdad se diluye.
Las cifras más recientes confirman esta paradoja. El Informe de Brechas de Género en Educación Superior 2024 muestra que las mujeres representan más de la mitad de la matrícula total universitaria en Chile. Pero cuando se miran específicamente las disciplinas STEM —ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas—, su presencia cae de manera drástica: apenas un 20,8% de la matrícula en 2024 corresponde a mujeres, frente a un 79,2% de hombres. La desigualdad se instala desde los estudios en áreas estratégicas para el desarrollo del país.
Cuando se asciende hacia la estructura de poder universitario, el fenómeno se vuelve más evidente. En distintas universidades adscritas a programas como Ciencia 2030, las mujeres rondan el 31,8% de la planta académica, bajan al 21,9% en investigación y apenas alcanzan el 20% en cargos directivos. La ciencia chilena se ha feminizado en su base, pero no en su cima.
Ese descenso progresivo no puede explicarse por falta de talento o de vocación. Si algo muestran las aulas es que el interés existe. Lo que persiste es una organización del trabajo científico construida sobre una premisa silenciosa: que quien compite por fondos, publica artículos, dirige proyectos y viaja al extranjero tiene detrás una red de cuidados garantizada. Y en Chile esa red sigue teniendo rostro de mujer.
La carrera académica exige productividad constante, movilidad internacional, disponibilidad para viajes largos, jornadas extendidas y una competencia feroz por financiamiento. En términos abstractos, esas condiciones parecen neutras. En la práctica, se apoyan en una división sexual del trabajo que no se ha transformado del todo. Durante décadas, las mujeres lucharon por ingresar y ser reconocidas en el espacio público: estudiar, investigar, dirigir proyectos, ocupar cargos de autoridad. Pero esa conquista no vino acompañada de una transformación equivalente en el espacio privado. La corresponsabilidad en los cuidados avanza mucho más lento que la incorporación femenina al mundo laboral. Las masculinidades responsables están al debe.
La experiencia en territorios extremos como la Antártica ilustra esta asimetría. En las bases científicas, la presencia femenina sigue siendo minoritaria, y no por falta de interés ni de capacidad. He estado allí y lo he visto: equipos completos de hombres, muchos de ellos padres, conviviendo durante semanas o meses en condiciones exigentes. Hace un tiempo, un colega nos contaba que durante su trabajo en la base Antártica, su hijo sufrió un accidente, pero no pudo acudir hasta cinco días después debido al mal clima. Ellos también sufren la desigualdad, porque socialmente se asume que un hombre puede ausentarse tres meses de su hogar por trabajo sin que eso comprometa su identidad ni su rol afectivo. Cuando es una mujer quien se va, la conversación cambia de tono. La decisión deja de ser profesional y se vuelve familiar, casi moral. ¿Quién puede irse sin que se ponga en duda su compromiso con los hijos, con los padres mayores, con la vida doméstica? La respuesta no es neutra.
La desigualdad no comienza en la Antártica ni termina en la universidad. Muchas investigadoras jóvenes se forman en entornos dominados por hombres mayores, con culturas laborales que premian la disponibilidad total. He tenido cerca a científicas brillantes que vivieron sus primeros años como profesoras bajo una exigencia permanente de demostrar que merecían estar allí. Jornadas interminables en el laboratorio, fines de semana convertidos en días hábiles, la sensación constante de que cualquier pausa sería leída como debilidad. Cuando el único modelo visible es el de quien sacrifica todo por la carrera, el mensaje implícito es devastador: para triunfar, hay que renunciar a una parte de la vida. No todas están dispuestas a hacerlo ni deberían estarlo. La pregunta no es por qué algunas deciden apartarse, sino por qué el sistema sigue premiando esa lógica de sacrificio.
En este contexto, no es menor observar la ola conservadora que atraviesa hoy a distintas democracias del mundo. El retroceso en derechos de las mujeres y en políticas de igualdad en algunos países suele leerse como señal de fracaso del progresismo. Pero también puede interpretarse como el síntoma inverso: cuando los privilegiados del mundo se ven amenazados, reaccionan. Si hay sectores que se movilizan con fuerza para frenar agendas de género, es porque esas agendas han avanzado lo suficiente como para incomodar. Los cambios culturales profundos rara vez son lineales; avanzan, retroceden, tensionan. El péndulo histórico no invalida el progreso, lo confirma.
El 8M, entonces, no es una ceremonia simbólica, sino una interpelación estructural. Las mujeres han luchado durante décadas por ser reconocidas en el espacio público: por estudiar, investigar, dirigir, decidir. Pero ese avance no ha sido acompañado por una transformación equivalente en el espacio privado. Las masculinidades corresponsables siguen siendo la excepción más que la norma. Mientras el cuidado continúe siendo visto como una obligación femenina y no como una responsabilidad social compartida, la igualdad en la ciencia será frágil.
Las políticas públicas pueden empujar cambios, pero deben hacerlo con decisión. La experiencia internacional muestra que los permisos parentales intransferibles para los hombres —aquellos que se pierden si no se utilizan— generan transformaciones culturales más profundas que los derechos meramente disponibles. No se trata solo de ofrecer opciones, sino de redistribuir expectativas. Si el tiempo de cuidado no se comparte, el tiempo para investigar tampoco lo hará.
La ciencia necesita diversidad —y con esto incluyo a otras identidades de género y sexuales también invisibilizadas— no como consigna, sino como condición de calidad. Equipos diversos formulan mejores preguntas, interpretan los datos desde perspectivas más amplias y responden con mayor creatividad a desafíos complejos. Limitar el acceso efectivo de las mujeres a posiciones de liderazgo no es únicamente una injusticia individual; es una pérdida colectiva para el país. La verdadera transformación no consiste solo en sumar nombres femeninos a las estadísticas, sino en cambiar las reglas que determinan quién puede permanecer, ascender y decidir.