Imagino que de quien agradece las insignias de Oficial de la Legión de Honor se espera que diga algo que mínimamente justifique la distinción otorgada. Por mi parte, me conformaré con intentar atenuar la confusión que la situación me genera. Procuraré compensar la fragilidad de los méritos con la solidez de dos verdades incuestionables. Una es íntima: el cariño, la gratitud y la admiración que desde muy temprano en mi vida he sentido por la Francia. La otra, es manifiesta y compartida por quizás todos los aquí presentes: la inquebrantable convicción y voluntad de defender nuestra educación pública. Lo que sigue es una amalgama de esas dos verdades.
Cursé los primeros años de preparatorias en la Alianza Francesa, Lycée Charles de Gaulle, con Mademoiselle Mouzard y Madame Esquerré. Entre muchos recuerdos, evoco el de una profesora que comparaba a quienes no asistían a clases cuando llovía mucho, con barquillos de helado que temían derretirse. Como esto ocurría en Concepción, agradezco a mi familia que siempre me mandó al colegio, y al colegio, que siempre estaba ahí para recibirme, no importa cuanto lloviera. En el Charles de Gaulle conocí la politesse, esa obligación doble de ser cortés y elegante. Si el niño de seis años quería momentáneamente dejar la sala de clases debía primero solicitar la atención de la profesora y pedir permiso para hablarle. En seguida, la petición misma tenía un carácter más de interrogante que de solicitud directa: Este-ce que je peut avoir la permission?...etcétera. Pregunta nada retórica, que dejaba a la discreción de la profesora el considerar nuestra solicitud, respetando nosotros de antemano su esfera de decisión. En todo caso, el discurso que uno debía convincentemente pronunciar para pedir permiso, ocupaba un tiempo que se iba acercando peligrosamente a aquél del que dispone el Sistema Nervioso Autónomo para seguir evitando un desenlace que ya se hacía inminente. Muchos años después, siendo yo ya un investigador en temas de sueño y ritmos circadianos, áreas en que la ciencia francesa siempre ha resplandecido con inteligencia transformadora, nunca dejé de maravillarme ante los magníficos párrafos de apertura y cierre de los intercambios epistolares con mis corresponsales franceses. Magníficos como la precisión y elegancia con que sus textos médicos describen síntomas y signos.
Cuando a los ocho años pasé a la cuarta preparatoria del Liceo de Concepción, no sabía que, al dejar el Charles de Gaulle, en vez de alejarme de Francia, me estaría, más bien, acercando a ella, pues me incorporaba a lo más granítico del legado de la Revolución Francesa a la humanidad: la educación pública. En efecto, el sistema educacional chileno había sido marcadamente inspirado por la tradición francesa.
El edificio del Liceo de Concepción era sólido e imponente, quizás como se quería que percibiéramos al Estado de Chile. Al mismo tiempo, el edificio entregaba una imagen referencial de la ciudad, quizás como lo hacían las catedrales medioevales francesas que permitían ser apreciadas desde lejos. Siempre reconocí, como tantos chilenos, nuestra educación pública como parte esencial de mi formación. Pero no fue hasta muchos años después, en París, cuando me enfrenté por primera vez al Panthéon y vi la inscripción “aux grands hommes la patrie reconnaissante”, hoy, por supuesto, diríamos “aux grands femmes et hommes la patrie reconnaissante” que entendí cabalmente la educación pública recibida: la primacía del ser social por sobre el interés individual. En su momento, el anhelo de libertad, igualdad, fraternidad había necesitado crear un sistema educacional donde ya no habría súbditos de un rey sino que habría ciudadanos de una República. Para ello se debía promover el pensamiento libre y el compromiso social. Dicho sea de paso, en los albores del siglo XIX, coinciden en Francia, la instauración del Liceo como institución de enseñanza con la instauración de esta Legión de Honor que hoy día nos reúne.
De mi Liceo recuerdo nítidamente el Libro-texto de Francés para enseñanza media, obra de dos profesores de la Universidad de Concepción. En cada página se introducía a un autor, en seguida se transcribía algún pasaje de alguna de sus obras, y finalmente se planteaba una discusión. Ahí leí por primera vez algo de “La Ballade des Pendus”, de “Gargantua e son fils Pantagruel”, conocí a los personajes de Émile Zola que gritaban “Du pain, du pain!“ y ahí me enteré que el burgués gentilhombre hablaba en prosa y, entre embelesado y atónito, que “Sous le pont Mirabeau coule la Seine, et nos amours faut-il qu’il m’en souvienne”. A propósito de poesía, y disculpen la digresión, recuerdo que una vez en Glasgow, donde asistía a un congreso de la European Sleep Research Society, mientras paseaba solo por un cementerio junto al mar, me encontré con tres jóvenes franceses y, entre tumbas y oleaje, comenzamos a conversar de poesía. Cuando recité “les violons sanglants de l’automne” y lo anuncié como una poesía de Víctor Hugo, la mujer del trío, eran dos hombres y una mujer, de inmediato me corrigió asegurando que eso era de Verlaine. Le porfié un poco, pero ella no tenía duda alguna. Como me ha ocurrido casi siempre en la vida, ella tenía razón.
Pero de ese Libro de Francés para sexto humanidades lo que quiero traer hasta acá es el recuerdo vívido de la lección sobre Jean Paul Sartre. El texto transcrito de La Náusea empezaba con el estrepitoso ingreso del Dr. Rogé a un bar donde estaba Antoine, el protagonista de la novela. El Dr. Rogé duda qué pedir a la camarera y opta por un Calvados, decisión que anuncia con solemnidad. Antoine describe la interacción entre el Dr. Rogé y un parroquiano menor que se siente feliz de llamar la atención del Dr. Rogé, aunque fuera recibiendo la burla de este. Antoine reflexiona para sí mismo que los médicos, los curas, los magistrados y no recuerdo quienes más, conocen al hombre como si lo hubieran hecho. Yo tenía 16 años y una de esas cuatro profesiones era la que yo pretendía estudiar. Antoine observa los rasgos del rostro del Dr. Rogé: las arrugas son las huellas que ha dejado la experiencia, y el Dr. Rogé cree y se afirma en esa experiencia propia. Para Antoine, la experiencia del Dr. Rogé no tiene valor alguno. De repente, la perspectiva de Antoine cambia totalmente. Comprende de otra forma el rostro del Dr. Rogé. Por favor, escuchen esto desde el punto de vista de un adolescente de 16 años. Antoine declara aquello que lo acaba de sobrecoger: él se da cuenta que el Dr. Rogé va a morir, creo recordar las palabras textuales “cada día su rostro se parece más al cadáver que será”. Se genera en mí una pequeña primera náusea, un terreno ambiguo entre la experiencia del Dr. Rogé y mi incipiente conciencia de qué es la muerte. Al comienzo de esa lección sobre Sartre, en la presentación que se hace del escritor, los autores de mi Libro de Francés habían dicho, y recuerdo casi perfectamente la composición tipográfica, no solo como se leía sino también como se veía en la página: “Pour Sartre l’homme est contingent, rien ne justifie sa présence dans ce monde”.
Durante esos años de adolescencia, con tanta o más visceralidad que razón, quizás con tanto o más deslumbramiento que entendimiento, uno comenzaba a ver, por ejemplo, que la selección natural podía explicar en términos tan simples y estrictamente mecanicistas la cuasi perfección de los seres vivos; o que el cálculo diferencial le otorgaba sentido a los conceptos de instante y de cambio. Durante esos años uno se encontraba por primera vez con Alturas de Machu Picchu, con el Romancero Gitano o con El Extranjero; o con una reproducción de Guernica.
Pero vuelvo a La Náusea de Sartre. La cultura francesa cerraba un círculo. La revolución francesa, que había creado la educación pública, le permitía a un adolescente de 16 años confrontarse, sin prejuicios y libremente, con la insólita posibilidad de que su existencia fuera algo contingente, o, si es por eso, gracias al pluralismo consustancial a la educación pública, con cualquiera otra cosa que él optara por creer acerca de la cuestión más importante para un joven entre sus 13 y 25 años. En una frase: cuál es el sentido de su vida.
Por otra parte, el epígrafe de la misma novela La Náusea advertía, lo transcribo: “era un joven sin ninguna importancia colectiva, exactamente un individuo”, es una cita que me ayuda a resumir el otro gran legado de la educación pública fundada por la Révolution y la République, y que mi Liceo me entregaría: la valoración de la cohesión social, el respeto por todas las personas y condiciones, el sentido de pertenencia a un pueblo.
Después, a partir de 1973, como todos sabemos, a la sociedad y a la educación chilenas les fue impuesto un paradigma ideológico extremo. Un documento del Ministerio de Hacienda de la época afirmaba que lo peor que le podría ocurrir a un país era tener una educación pública y gratuita buena, pues con ello se perdería todo incentivo de progreso. También se proclamaba abiertamente que la competencia y rivalidad entre universidades era el motor que las haría progresar. Para una dictadura, minar la educación pública puede entenderse como una forma lógica de invertir el camino iniciado por la Revolución Francesa y transitar de vuelta de ser ciudadanos a ser súbditos.
Si el gran legado de Francia a la educación pública es el contexto laico, pluralista y de compromiso social donde el adolescente construye un sentido para su vida a la vez que un sentido para su condición de ciudadano de una República; entonces ambos significados son drásticamente trastocados en el nuevo modelo educacional impuesto en Chile. Respecto al primero, la universidad ya no es el ámbito que ayudará a preguntarse por el sentido de la vida, es más bien un instrumento para alcanzar un título profesional que permitirá obtener mayores rentas, objetivo por el cual vale la pena endeudarse con un banco. Respecto al segundo, se fomenta una apología inédita del individualismo y del egoísmo que, en vez de generar pertenencia a la sociedad, la fragmenta. Hoy, mi curso de Liceo sería imposible. Hoy, los treinta jóvenes que lo conformábamos estaríamos distribuidos en distintos colegios según el nivel socioeconómico de cada familia.
A la Universidad de Chile se le cercenaron las sedes en regiones y las pedagogías. Consecuentes con ello, intentaron cambiarle el nombre. No lo consiguieron pues el entrelazamiento de la universidad con la historia del país no hacía tal cambio posible. Durante y después del período dictatorial, en torno a ese nombre que seguirá flameando, Universidad de Chile, nos agrupamos muchos de los que aquí estamos. Tuvimos que hacer nuestra esa frase final de Le Diable et le Bon Dieu : « Il y a cette guerre à faire et je la ferai ». Como personajes sartrianos situados, debimos asumir nuestra responsabilidad ante lo que enfrentábamos. O, quizás, cono explica Camus en L’homme révolté, habíamos llegado al umbral de lo que uno puede aceptar sin perder la propia identidad.
En estos últimos años, por fin, las universidades públicas pudimos cuestionar un sistema que dogmáticamente se basaba en supuestos falsos y que se negaba a aceptar la evidencia del daño que había causado. Hoy hemos logrado empezar a reconstruir un sistema articulado basado en valores coherentes propios de la universidad pública.
En estas palabras he intentado proponer que esos valores en gran medida también se corresponden con el legado cultural de Francia al mundo.
Agradezco al Presidente Macron esta distinción de Oficial la Legión de Honor. Celebro el espíritu que a él lo anima de situar a su país responsablemente en los problemas del mundo contemporáneo.
Quizás, inspirados en la cita del personaje sartriano, hoy todos debiéramos decir "il y a une paix a faire et nous la ferons". Y, quizás, todo lo que hoy he intentado traer a ustedes puede resumirse en dos declaraciones:
Quiero expresar mi afecto, admiración y agradecimiento a la Francia por la inspiración que ha otorgado a la idea de educación pública. Quiero expresar mi afecto, admiración y agradecimiento a la Francia por haber proclamado al mundo el ideal de libertad, igualdad, fraternidad.
Muchas gracias.