El recién terminado año 2025 vuelve a recordarnos una verdad fundamental: el progreso de las sociedades modernas está íntimamente ligado a su capacidad de generar, comprender y aplicar conocimiento científico de frontera.
Como el dios romano Jano, que miraba simultáneamente al pasado y al futuro, la ciencia cumple hoy una doble función esencial: profundiza nuestra comprensión del mundo y, al mismo tiempo, ofrece respuestas concretas a los desafíos sociales, culturales y productivos de nuestro tiempo.
A nivel internacional, 2025 ha puesto en primer plano la profunda reconfiguración de lo humano impulsada por la expansión acelerada de la inteligencia artificial. Las denominadas tecnologías cognitivas han dejado de ser meros instrumentos, para convertirse en sistemas expertos que intervienen directamente en facultades tradicionalmente humanas, como el razonamiento, el lenguaje, la toma de decisiones y la producción de sentido.
Este fenómeno plantea interrogantes de gran calado sobre nuestra relación con las máquinas y la naturaleza, así como sobre los límites de lo ético, lo pensable y lo políticamente gobernable. Enfrentar estos desafíos exige, de manera ineludible, el aporte crítico y normativo de las ciencias sociales y las humanidades.
En el ámbito nacional, los avances científicos de 2025 en astronomía, energía, matemáticas, biomedicina y tecnologías cuánticas confirman que Chile posee capacidades de excelencia.
El hallazgo de agua con una huella química similar a la de los océanos terrestres en ciertos cometas, la detección de oxígeno en galaxias primitivas y el inicio de las operaciones del Observatorio Vera Rubin refuerzan el papel estratégico del país en la observación del universo. Asimismo, el desarrollo de nuevos materiales para la producción de hidrógeno verde muestra cómo la ciencia de frontera puede traducirse en ventajas competitivas en un contexto de transición energética.
Sin embargo, limitar la mirada a estos logros sería insuficiente. En 2025, las ciencias sociales y las humanidades debieron enfrentar uno de los diagnósticos más complejos de nuestra historia reciente: la crisis de la autoridad y de la cohesión social. La desintegración del tejido comunitario, el temor cotidiano, la anomia, la expansión del crimen organizado, la pérdida de confianza en las instituciones, las violencias en familias, colegios y comunidades, el deterioro ético en los grupos profesionales y los reiterados casos de corrupción constituyen señales estructurales que requieren una comprensión profunda y políticas públicas basadas en evidencia. No existe una estrategia de desarrollo sostenible que no aborde estas dimensiones centrales de la vida social.
Frente a este escenario, el país arrastra deudas significativas. El Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación y la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) continúan enfrentando problemas de gestión, discontinuidades programáticas y tiempos de respuesta incompatibles con la dinámica del sistema científico.
El programa Becas Chile, pilar en la formación de capital humano avanzado, sigue sin una reforma integral que otorgue certezas y proyección, lo que afecta gravemente las trayectorias de jóvenes investigadores. A ello se suma la ausencia de una política clara y sostenida, con visión de largo plazo, de fortalecimiento de las ciencias (naturales, exactas y sociales), las humanidades, la cultura y la tecnología, reiteradamente reconocidas en el discurso, pero insuficientemente respaldadas en la práctica y en el gasto público necesario para su desarrollo.
El debate sobre proyectos industriales en las cercanías del Observatorio Paranal vuelve a evidenciar una debilidad persistente del Estado: la falta de una planificación territorial robusta y de evaluaciones integrales que articulen la ciencia, el medio ambiente, la energía y el desarrollo. El progreso no puede avanzar sacrificando el patrimonio científico de valor mundial ni ignorando sus impactos sociales y estratégicos a largo plazo.
Como Jano, Chile se encuentra hoy ante una encrucijada. Puede contentarse con admirar avances científicos aislados o asumir, con visión estratégica, que la ciencia —en todas sus dimensiones— constituye una política de Estado. Ello exige cumplir promesas pendientes, fortalecer instituciones, articular saberes y reconocer que, sin ciencia, tecnología, conocimiento, cultura e innovación, no es posible comprender los dilemas que hoy tensionan nuestra sociedad.
La evidencia es clara: cuando existen inversiones sostenidas, instituciones sólidas y políticas públicas bien coordinadas, la ciencia deja de ser un gasto y se convierte en una de las inversiones más fecundas para el desarrollo, la cohesión social y la soberanía del país.